Ante lo acontecido en los últimos días en aguas del
mediterráneo me veo obligado a reflexionar en voz alta sobre lo que está
ocurriendo desde hace ya muchos años a una y a otra orilla. Es ese mar
mediterráneo, que ha sido puente de unión y flujo de culturas durante muchos
siglos, el que se está convirtiendo en un verdadero cementerio humano. Las
imágenes trágicas de barcos a la deriva atestados de seres humanos se están
convirtiendo en situaciones cotidianas, a las que la comunidad internacional, y
especialmente la Unión Europea, parecen no estar mirando.
Debemos entender con cierta sensibilidad los diferentes
motivos, ya sean políticos, económicos o de seguridad ante conflictos bélicos o
terrorismo, que hacen que nuestros hermanos africanos arriesguen su vida como
última oportunidad de subsistencia. Solamente desde esta perspectiva, la de la
sensibilidad y solidaridad, y contemplando la dignidad que tienen como seres
humanos, con independencia de su procedencia o color de piel, se puede acometer
el asunto de la inmigración.
Son muchas las voces que desde todos los ámbitos de
la sociedad están reclamando a grito una solución urgente y eficaz, desde el
Papa Francisco hasta el último premio Cervantes, el escritor Juan Goytisolo,
que desde la tribuna que se le brindaba el pasado jueves denunciaba
públicamente la actitud política y reflexionaba sobre el único crimen que
tienen los inmigrantes: “su instinto de vida y su ansia de libertad”.
Las políticas migratorias europeas basadas en
impedir que salgan, evitar que lleguen y repatriarlos lo más ante posible,
además de ser inhumanas, no han funcionado, y por tanto, tienen que cambiar.
Las discrepancias entre los países europeos en materia migratoria ponen de
relieve el sin sentido de las mismas. Sabemos que el destino final
principalmente es el norte de Europa, pero son a los nuestros, los del sur, a
los que se les exige todo el control. Una mayor cooperación e implicación en
materia migratoria sería el punto de partida, ya que al fin y al cabo este es
un problema global que afecta a todos.
Y esta política común debería pasar por medidas a
corto y a largo plazo. Medidas que a corto plazo deben ir encaminadas a impedir
que nuevos barcos zarpen desde las costas africanas camino hacia Europa. Por
tanto, una política que luche contra las mafias y redes que trafican con seres
humanos y que violan los derechos inherentes a las personas. Y por otro lado,
una política que controle las fronteras entre los países africano y el
continente europeo para evitar que se embarquen en la ruta marítima de la
muerte. Además, la comunidad europea dadas las circunstancias de conflictos
bélicos y de terrorismo yihadista debería ofrecer asilo y repartir los
refugiados de manera homogénea y equilibrada por todo nuestro territorio.
Por su parte, son las medidas más a largo plazo las
que tienen que luchar con el verdadero origen del problema, es decir, cooperar económicamente y desarrollar países
políticamente democráticos y estables, que garanticen la dignidad de sus
ciudadanos y brinden oportunidades de subsistencias en sus
poblaciones. El objetivo último es que la emigración sea una opción y no una
obligación.
Hay que ser sensibles para impedir que estas
tragedias ahoguen los sueños de esas personas que arriesgan su vida por una
mejor. Al menos que se trabaje de manera conjunta y determinada, el mar
mediterráneo seguirá convirtiéndose en la mayor fosa humana.



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