Inmerso ya en la semana más litúrgica para la
comunidad católica, nos encontramos estos días rodeados de imágenes religiosas,
penitentes, cirios y unos cientos miles de turistas que contemplan asombrado
tan semejante espectáculo. Y utilizo espectáculo, porque fue esa la palabra que
un amigo inglés usó cuando le mostré cómo se celebra en nuestro país la pasión,
muerte y resurrección de Jesús.
Yo no utilizaría la palabra espectáculo para
describir lo que tiene lugar año tras año a lo largo de nuestra geografía, ya
que esa palabra conlleva una serie connotaciones negativas que podrían herir la
sensibilidad de miles de católicos. No obstante, dada mi osadía, si me
atrevería a utilizar la palabra decepción. Algunos que me conocéis bien y con
los que aún no he tenido la oportunidad de hablar sobre el tema, se quedarán
sorprendido por el tono y el trasfondo de mis palabras, ya que como ellos bien
saben, y yo no tengo ni un reparo en admitirlo, fui un “capillita” de la Semana
Santa. Pero las cosas han cambiado.
Lo que parece no haber cambiado, y aún peor, parece
arraigarse en nuestra cultura año tras año, es la celebración lúdica y festiva,
a veces incluso sobrepasando los límites del respeto, con la que la inmensa
mayoría de los españoles se toma estos días de celebración. El fervor religioso
se mezcla con días de fiesta y de vacaciones, donde dedicarse a profundizar en
la fe cristiana y en conocer mejor la figura de Jesús de Nazaret ha pasado a un
segundo plano. El periódico neoyorquino The New York Times se hacía eco de la
semana grande del catolicismo, y de cómo esta se vivía en España, a la que
calificaba de fiesta grande y derroche.
En un país en el que entorno al 70% de la población
se declara católico, parece una blasfemia lo que acontece estos días. En lugar
de tomar la Semana Santa como días para reafirmar sus creencias y acercarse más
a Dios, ese 70% prefiere tomarse unos
días de descanso y de vacaciones, y alejarse y desvincularse de sus
responsabilidades que le marca su doctrina católica. Estoy completamente seguro
que si le preguntásemos a la comunidad católica, un alto porcentaje no sabría
contestar que se celebra estos días. Eso sí, todos ellos los tienen marcado en
su particular calendario. A mí todo esto me suena a una doble moralidad y a una
sociedad cada vez más hipócrita.
Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con la
oración, es reflexionar en los misterios de la pasión y muerte de Jesús, y no
aprovechar estos días para la diversión. Ah, por cierto, tengo que dejar de
escribir que voy a salir de copas con amigos y se me hace tarde.


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