Inmersos en la mayor privacidad de nuestras libertades,
asunto este necesario, es momento de reflexionar acerca de lo que estamos
viviendo. Nadie días atrás imagina que un dichoso virus podría hacer tambalear
nuestros modelos sociales y económicos.
No vemos caer bombas. Tampoco sabemos la cara que tienen el
dolor y el sufrimiento ahí fuera. Por el contrario, sí somos conscientes del
momento de emergencia que nos ha tocado vivir. Estamos siendo testigos del
desnude de la especie humana, donde mientras unos manifiestan su egoísmo más
extremo, otros heroicos muestran su lado más profesional y solidario. Gracias a
estos últimos.
Ahora todo el foco y esfuerzo debe estar en gestionar la
crisis sanitaria y salvar el mayor número de vidas posible. Pasada esta, habrá
que atender sus efectos sociales y económicos. Si estos no se gestionan
adecuadamente, me temo que una revolución ciudadana será la encargada de
cambiar todos los paradigmas que actualmente apuntalan el mundo, empezando por
el propio sistema económico hasta terminar por el modelo social y democrático que
sustentan nuestras sociedades.
En estos momentos vitales, de toda la clase política y sus
instituciones se espera unidad y lealtad. Ya habrá tiempo de criticar errores y
depurar responsabilidades. De los agentes sociales y económicos se espera
cooperación y empatía para no dejar a nadie atrás. Y de los ciudadanos responsabilidad
y compromiso para seguir las pautas dictadas. El estar confinados es un acto
solidario con la vida. Únicamente desde esta unidad colectiva se podrá vencer
esta pandemia y volver a la normalidad.
La Unión Europea corre el riesgo de contagio, y este puede
ser mortal para el proyecto común. Después de garantizar paz y prosperidad por
décadas, afronta su amenaza existencial más grave. Podrá salir más fuerte o pronosticada
a desaparecer; dependerá de su respuesta y de la percepción de sus ciudadanos.
En la gran crisis del 2008 falló, primó el interés nacional al común europeo. Me
arriesgo a decir que sus primeros compases no están mucho en sintonía con lo
que se espera de ella.
La que parece tampoco estar en sintonía, y con alta
probabilidad de contagio, es la casa real con Felipe VI a la cabeza. La cacerolada
del pasado miércoles, nunca antes vista en España, es un claro síntoma de la debilidad
de esta institución. Si a esto le unimos el mensaje vacío y tardío del monarca,
y el inapropiado momento para el comunicado transcendental que publicó éste
días antes, me hace pensar que nunca voy a presenciar la coronación de la
princesa Leonor como reina de España.
En la actual situación los medios de comunicación juegan un
papel crucial. Es su responsabilidad informar con claridad y veracidad, siendo conscientes
del impacto emocional de sus noticias. El covid-19 no ha de ocultar otros dramas
que nuestra sociedad está viviendo, llamase refugiados de guerra, cambio climático
o violencia de género, que los medios parecen haber olvidado.
Desde que estalló la crisis del coronavirus numerosos médicos
y expertos en diferentes materias están expresando sus ideas y recomendaciones
de cómo arreglar la situación, a la vez que criticando la gestión de la misma.
La pregunta es clara y directa, si son tan excelentes y destacados profesionales
¿qué hacen que no están en la élite asesorando a los que toman las decisiones
y/o gobernando el mundo? No hace falta responder, respondo yo: lo que están es
esperando a recibir una llamada para participar en Supervivientes o Gran
Hermano.



