Ferias y carteles de
siempre confeccionados por figuras acomodadas y empresarios influyentes. Toros
sin transmisión ni emoción que aburren hasta el mayoral. Juego sucio y de
intereses en beneficio de unos pocos. Complejos y miedos entre el respetable.
Coctel explosivo para apuntillar a la tauromaquia.
La fiesta está enferma
de tradición y secretismo, de inmovilismo y de mafia, que está provocando que
en los tendidos se vea más hormigón que espectadores. Y una cosa está clara,
sin público que pase por taquilla la desaparición de los toros está a la vuelta
de la esquina.
La afición está
desencantada, no acude a las plazas y los que acuden son mayoritariamente
orejeros. Prevalece el triunfalismo sobre la exigencia y lo efectivo sobre la
emoción. Falta novedad por parte de los empresarios, variedad y gestas por la
parte de los toreros, y compromiso por parte de todos.
¿Se puede hacer algo
por salvar la fiesta nacional? Todo menos seguir como estamos. Aquí mi
reflexión:
Primero, innovar y
atreverse a cambiar manteniendo la esencia. Preguntar a los aficionados qué
quieren ver y cómo. Falta transparencia y algunos asuntos parecen secretos de
estado. Las figuras rehúyen de la rivalidad, y al final es lo de siempre. En
Extremadura estamos cansados de Julis, Ponces, Garcigrandes y Zalduendos.
Segundo, cuidar el
protagonista de la fiesta; el toro. En la actualidad saltan al ruedo toros a
medida de las figuras. Figuras, que además de boicotear a compañeros, prefieren
medirse con toros de las llamadas ganaderías cómodas. Toros de buena estampa
pero ennoblecidos. Falta toro bravo que transmita emoción. Porque sin emoción,
cualquier espectáculo no puede sobrevivir.
Tercero, abrir la
tauromaquia a la sociedad y mostrar su enorme contribución al medio ambiente, a
la economía y a la cultura. Toreros y demás profesionales tienen que dejar
tanto campo y fomentar la fiesta con su presencia y conocimiento en diferentes
foros.
Cuarto, ayudar a la
afición a despojarse de complejos y miedos. Sí, me gustan los toros, ¿algún
problema? Esta no es una fiesta de asesinos y maltratadores como algunos señalan.
Al revés, los taurinos son inmensamente sensibles y respetuosos con los animales
y el entorno que les rodea.
Y último y más urgente,
echar a los mafiosos y a todos aquellos
que con su posición e inmovilismo están contribuyendo a que cada temporada los
toros estén más cerca de su extinción.
Taurinos, las cartas
están encima de la mesa y ponen de manifiesto uno de los momentos más cruciales
de la historia de la tauromaquia. El peligro no está en los anti taurinos o
políticos, que seguirán aumentando. O se actúa, o seremos nosotros mismos lo
que apuntillemos de muerte a la fiesta de los toros.















