sábado, 28 de enero de 2017

Por favor, dejarme morir

Tranquilos, no alarmarse. Yo no me quiero morir. Pero sí lo quieren hacer muchas otras personas. Y no pueden. ¿Será porque la eutanasia es ilegal y está politizada? ¿Se trata de un asunto religioso? Entremos a fondo.

Para entender esta reflexión habría que empezar por estudiar el término. Eutanasia proviene del griego eu (bien o fácil) y thanatos (muerte). Así que, etimológicamente significa "buena muerte", no matar.


España, a la vanguardia en logros sociales, se merece ya un debate abierto que permita la discusión de una ley de despenalización de la misma. Que no la considere un delito. Una ley que no obligue a nadie, pero que permita a cada ser humano poder decidir y elegir libre y voluntariamente el final de su vida.

La muerte, utilizada por las religiones monoteístas como elemento de poder para meter miedo y ganarse la vida eterna, siempre ha estado en manos de un ente supremo. Vaya broma. La muerte nos pertenece a los seres humanos, y somos nosotros los que tenemos que decidir esta etapa de nuestras vidas. Hay que educar a la sociedad en referencia a la muerte. Hablar con naturalidad acerca de ella y asumir que llegará.

Y después están los políticos. Aquellos que proclaman la defensa de las libertades y no garantizan la libertad de decisión propia de morir. Aquellos que protegen el sufrimiento animal y permiten que un veterinario acabe con su vida, al tiempo que penalizan al médico que ayuda a una persona a morir. Menudas contradicciones.


Pero la mayor contradicción es la que se produce en nuestros centros sanitarios día tras día. Cuando un facultativo a petición de un paciente lo seda, le retira su medicamento o le desconecta de la máquina que le mantiene con vida, para dejarle morir. Y vamos y ha esto lo llamamos muerte voluntaria asistida. Todo porque con la sedación paliativa se evita el sufrimiento y se muere por la enfermedad, mientras que con la eutanasia se entiende que se mata al paciente. ¿Dónde está el límite? Yo no lo veo.

Ayudar a dejar de sufrir y morir en paz tiene que ser un objetivo de la medicina del siglo XXI, al igual que lo es curar y prevenir enfermedades. Hay que otorgar un nuevo “poder” a los médicos que no atente con su código ético. En este contexto, la eutanasia debe ser una opción para paliar el sufrimiento. Una opción que no obligue a los facultativos a practicarla, pero que permita ser solicitada ante circunstancias reguladas. De lo contrario se está fomentado el suicidio y la eutanasia clandestina.


¿Quién es un médico, un juez, un político o el mismo papa para impedir que un ser humano, en plenas facultades psicológicas y mentales, decida voluntaria y conscientemente dejar de sufrir? El 65% de la población española nos hacemos esta reflexión. Te preguntarás entonces ¿carta abierta a la muerte? No lo creo. Debe haber controles estrictos para que nadie recurra a esta práctica ante una depresión tratable o por otras causas sociales como la soledad o el cansancio de vida. Para estos problemas la sociedad debe ofrecer otras soluciones.

Brindemos por tanto la oportunidad de morir dignamente. Y para ello tenemos que garantizar la libertad de decidir cómo, cuándo y dónde morir. La eutanasia tiene que ser una opción y un derecho que permita el acceso legal a la muerte.