Esta es la reflexión que os brindo a solo unos días de
comenzar el curso académico. Libros, asignaturas, exámenes y un timbre que
marca las horas, o trabajo interdisciplinar, horarios flexibles, y aprendizaje por
proyectos y en equipo. Claramente son modelos muy diferentes.
Con el siglo XXI y las nuevas tecnologías han llegado nuevas
prácticas educativas que están poniendo en cuestión el tradicional modelo y la
finalidad que tienen los centros educativos estos días.
Y es que los centros fueron creados para la transmisión de
la información, y la transformación de esta en conocimiento. El asunto es que
la información está hoy en día accesible para todo el mundo en libros y en
internet. Ahora el conocimiento no solo se produce en los centros, sino también en la Wikipedia,
en las redes
sociales y en las plataformas online.
Entonces, ¿Cuál es la mejor forma de adquirir los
conocimientos? ¿Lecciones magistrales donde el profesor dicta y el alumno
copia?, ¿Autoaprendizaje?, ¿O será una mezcla de ambas?
Lo que está claro es que el modelo tradicional, donde el
profesor suelta las típicas clases y los alumnos desde sus pupitres atienden y
toman apuntes, está obsoleto. No involucra al alumnado en su aprendizaje, al
debate, a la crítica, ni a la reflexión. Solo incentiva a sacar una nota y una
certificación. Y de ahí que los centros y la universidad se estén convirtiendo
en fábricas de certificaciones. Vaya negocio.
El futuro debe pasar por la participación. El conocimiento
no debe ser unidireccional de profesor a alumno. Sino compartido por todos. Las
aulas tienen que ser espacios propicios para el diálogo, y no para tomar
apuntes y después vomitar la información que se ha memorizado en forma de
examen. Hay que buscar experiencias que empujen a emprender, crear e innovar.
Experiencias que motiven a aprender conocimientos para ponerlos en práctica en
la vida real. Porque está claro, el actual modelo no prepara para el mundo de
fuera.
Observemos el sistema finlandés. Fomenta proyectos
interdisciplinares que interesan a los alumnos. Así están motivados y con ganas
de llegar a casa para investigar sobre el tema. Son clases colaborativas en las
que los alumnos trabajan en grupos y con profesores de distintas materias
simultáneamente. Allí se aprende practicando, teniendo unos conocimientos
generales previos.
No pienso que las clases magistrales no sean necesarias,
pero hay que adaptarlas. A Cervantes hay que conocerlo, y el teorema de
Pitágoras también. Estas no están reñidas por ejemplo con la educación emocional que tanto requiere el
mundo de hoy. Pero cuidado, no confundirse con las lamentables palabras del exministro
Wert, que llegó a decir que el objetivo de la educación es la empleabilidad. Que
lo que importa son las llamadas competencias, y no el conocimiento.
Pues Wert, una sociedad sin conocimientos, por muchas
competencias que tenga, no es sociedad.


